Instituto de Ciencias para la Familia

Entradas de Septiembre 2006

La familia nuclear, ¿herencia de la revolución industrial?

Septiembre 28, 2006 · 1 comentario

Por: Lic. Julissa Gutiérrez, Profesora de la Facultad de Ciencias y Humanidades

Colaboradora del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad de Piura.

La familia como institución natural, no puede considerarse como un producto estático, pues ha recibido a lo largo del tiempo un legado histórico considerable. Por ejemplo, la forma cómo los griegos concebían a la familia es diferente a la que tuvieron los romanos del Bajo Imperio, influida por los ideales cristianos; y distinta a la idea de familia del siglo XXI. La familia, pues, como hija de su tiempo, ha sufrido muchas transformaciones, positivas y negativas.

De acuerdo con esto, nos surge una pregunta ¿desde cuándo presenciamos la difusión del modelo nuclear de la familia (padre, madre e hijos), tan arraigado en la sociedad occidental? Vemos que uno de los momentos claves de la historia y cuya influencia aún se siente fue
la Revolución Industrial. Iniciada en Inglaterra a fines del siglo XVIII, trajo un sinfín de innovaciones tecnológicas a la producción, que originaron una migración masiva de las familias rurales, hacia las ciudades.

Este fenómeno, de gran relevancia económica, tuvo y tiene una repercusión enorme en la sociedad y, por supuesto en la familia. En la sociedad preindustrial predominaba el modelo de familia rural y extensa conformada por padres, hijos, abuelos, tíos, parientes en general, quienes, unidos por lazos de sangre, fortalecían sus relaciones con los rituales del matrimonio, el nacimiento y la muerte. La familia era, pues, el contexto social más importante ya que además de lugar de residencia constituía la unidad básica de producción; sus miembros trabajaban conjuntamente y se prestaban apoyo mutuo.

Asimismo, ejercía funciones de bienestar y de control social, no sólo criaba y educaba a sus hijos, sino también servía cuidaba de los enfermos y ancianos. En ella era diferente el trato y la educación de niños y adolescentes; sobre todo en las sociedades rurales, sus miembros, desde muy pequeños eran tratados como adultos, a diferencia de la prolongada adolescencia observada en las sociedades actuales, que deja transcurrir más de diez años entre la pubertad y la adopción de roles adultos.

Pese a que no se conocen  bien las razones del cambio, a partir de la revolución industrial comenzó a “generalizarse” la familia conyugal o nuclear; decimos generalizar porque el modelo nuclear ya existía y, aunque no emergió en un punto histórico específico, fue el Cristianismo quien más lo impulsó.

Al crecer las ciudades con el desarrollo industrial, las relaciones entre los miembros de las familias que habían sido más personales y directas, se vuelven impersonales y anónimas, la gente se vuelve desarraigada, y decae la solidaridad.

Con la industrialización se produjo la separación entre el hogar y el lugar de trabajo, estableciéndose así una frontera más visible entre el espacio público y el privado. La familia se idealizó como un lugar perfecto donde se redujo la distancia entre padres e hijos y se revalorizó la función social de la mujer como esposa y como madre. La ideología liberal, nacida del desarrollo de la burguesía y del progreso económico, empezó a proclamar el derecho del individuo a escoger al cónyuge, el lugar de residencia y el grupo de familiares con los que se quiera relacionar. Sin embargo, este proceso acarreó un aspecto negativo: se produjo una individualización de las relaciones familiares, que causó una creciente separación entre la familia nuclear y el parentesco extenso y el cierre del hogar a los no parientes; asimismo, causó una gran separación entre las generaciones y, especialmente, el aislamiento de las personas ancianas.

No debe extrañarnos por lo tanto la presencia de algunos fenómenos actuales como el abandono de los ancianos, la indiferencia creciente hacia quienes no forman parte de la familia nuclear, el individualismo que aísla a las familias de una dinámica social comprometida, y las sumerge en una especie de anomia.

Categorías: Dimensión social de la Familia

La familia como escuela de amor

Septiembre 14, 2006 · Dejar un comentario

  fotos-110.jpg Por: Mgtr. Mariella Briceño de Camminati. Miembro del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad de Piura.

Qué difícil se nos hace a los padres responder a nuestros hijos preguntas como estas: ¿Por qué mi tío se ha divorciado de su esposa?, ¿por qué no puedo ir un fin de semana a la playa con mi enamorado y mi grupo de amigos?, ¿por qué no puedo tener enamorado si ya cumplí 12 años? Cuando pretendemos enseñarles la fidelidad, cuando queremos que vivan y cuiden la castidad y no se arriesguen innecesariamente, cuando les decimos que aún no tienen la edad suficiente para vivir un enamoramiento serio y comprometido; nos tropezamos con una barrera que parece indestructible: la influencia del ambiente.

Esta presión tan negativa que exalta la sensualidad y el inicio precoz de la sexualidad fluye de todas partes. De las películas y los programas de televisión que incitan a la infidelidad; de la música, la moda y la publicidad que provocan un destape de los sentidos. La deshumanización del amor humano que nos llega a través de los medios de comunicación, sumado a una crisis de identidad personal trae consecuencias nefastas que palpamos cada vez más cerca cuando vemos matrimonios que se deshacen, divorcios a la orden del día, niños depresivos, jóvenes con temor  a contraer matrimonio por miedo a repetir la mala experiencia vivida por tanta gente de su alrededor o por no saber enfrentar dificultades

Sólo la familia, entendida como una comunidad de personas unidas por el amor, puede rebatir y vencer estas fuerzas del medio externo. En el V Encuentro Mundial de las Familias, el Papa Benedicto XVI se ha referido a la familia como la primera escuela del amor, aquel “ámbito privilegiado donde cada persona aprende a dar y recibir amor”. Sobre esto conviene precisar que el principal sustento de la familia no es el afecto hacia los hijos, -natural y espontáneo-, sino el amor entre los esposos que siempre debe restaurarse y fortalecerse.

El ejemplo de fidelidad, de amor verdadero, de respeto a la dignidad del ser amado, del aceptarse tal como uno es, de la entrega generosa, del servicio; emana del amor conyugal vivido entre los padres, de su trato amoroso día tras día. Sólo el amor bien vivido entre los esposos sirve como antídoto ante la carga tan negativa y pobre que la sociedad ofrece en torno al amor entre un hombre y una mujer.

Sería bueno que el día de hoy, que se celebra el Día de la Familia en el Perú, hagamos nuestro el mensaje del Papa: “El amor entre el padre y la madre ofrece a los hijos gran seguridad y les enseña la belleza del amor fiel y duradero”. Los padres somos los primeros responsables de mostrarles a nuestros hijos que sí se puede ser feliz en el matrimonio, que sí se puede formar una familia sólida y con valores.

Busquemos ejemplos vivos de familias bien constituidas para llenarnos de esperanza y  fuerza, y combatir el hedonismo que banaliza las relaciones humanas. Si los padres están dispuestos a combatir el amor propio y el egoísmo de su relación conyugal; los hijos no sólo serán capaces de decir “no” al ambiente que los seduce, sino que además se sentirán seguros de su comportamiento.

No desaprovechemos el tiempo de estar y formar familia, ni pasemos por alto la misión que tenemos de enseñarles a amar a nuestros hijos, pues de eso depende en gran parte su felicidad futura. Para terminar me aúno al deseo del Santo Padre, y espero “que los hijos contemplen más los momentos de armonía y afecto de los padres, que los de discordia o distanciamiento”.

Categorías: Amor conyugal